Atras




La Arandela



La situación se estaba volviendo tensa, por momentos descontrolada, el trabajo era frenético y los protocolos se relajaban. La jornada se había alargado hasta veinticuatro horas, pero necesitábamos veinticinco. A las once en punto, aprovechando un descanso, nos reunía el jefe a todos para decirnos algo importante.

- No tengo mucho tiempo, no lo tenemos, así que seré lo mas breve posible.

Saco una arandela del bolsillo y la puso encima de la mesa donde pudiéramos verla todos. Era pequeña, costaba distinguirla a esa distancia:

- ¿Veis esta arandela?, seguro que muchos de vosotros habéis perdido alguna, no les prestáis demasiada atención. Parecen insignificantes, ¿verdad? - hizo una pausa y nos miro. No despreciéis una arandela, nunca, no es un simple trozo de metal troquelado. No lo es. Un tornillo sin arandela se afloja, y flojo acaba arruinando todo el mecanismo. Cada pieza es importante como la que más.

Volvió a mirarnos, uno a uno, no eramos muchos en la cuadrilla de mantenimiento. Recogió la arandela y la metió en el bolsillo de la chaqueta. Se giró para marchar, pero se detuvo inmediatamente. Despacio comenzó a decir:

- Vosotros sois arandelas. No os creáis héroes, ellos hacen algo inaudito una sola vez, o muy pocas. Necesitamos que las arandelas estén en su sitio siempre, no de vez en cuando. ¡Siempre! . Recordadlo, hay arandelas en muchos sitios, en el sitio justo, en el lugar necesario, cumpliendo una función imprescindible. Todas diferentes y todas importantes. Una arandela es increíblemente valiosa.

Ha pasado mucho de aquella época, ya llevo más de veinte años en mantenimiento, y no he vuelto a ver arandelas. Veo una misión bien cumplida.


J.C. Prieto
11-IV-2020